Soy una artista multidisciplinaria nacida en Caguas y criada en Juncos, Puerto Rico. Mi práctica se mueve principalmente entre la escultura, la cerámica y la fotografía, pero más que responder a un medio específico, responde a una necesidad de entender el cuerpo, la memoria y el territorio como espacios en constante fricción.

Trabajo desde lo matérico, desde lo que se agrieta, se quiebra o se transforma. Me interesa lo que insiste en existir incluso cuando parece deteriorarse: lo que arde, lo que se fragmenta, lo que se rehace. En ese proceso, el barro, el fuego y los residuos se convierten en lenguaje.

He desarrollado proyectos como MACHIHEMBRAO: laboratorio de cuerpos y HABITAR EL FUEGO: Ánima Sola, donde exploro la dualidad, la espiritualidad y las tensiones que habitan un mismo cuerpo. Más recientemente, en ENTRE LA TIERRA Y LA MEMORIA, continúo investigando las relaciones entre materia, historia, pertenencia y territorio.

También soy educadora y asumo el salón/taller como una “trinchera”. Esto no implica un conflicto violento, sino asumirlo como un espacio de defensa del pensamiento crítico y visual, un espacio para cuestionar, reflexionar y abrir posibilidades. Mi práctica como educadora y artista no está separada; ambas parten del deseo de activar conciencia y sostener preguntas.

Soy, sobre todo, un cuerpo en proceso: atravesado por su contexto social y político, por la cotidianidad y sus heridas.

¿Desde dónde nace tu obra? ¿Qué emociones, memorias o cuerpos la habitan?

Mi obra nace desde el proceso, la investigación y la cotidianidad. Parte de una necesidad de entender lo que me rodea y lo que me constituye, integrando el juego, la arquitectura, el cuerpo en movimiento y, muchas veces, su ausencia. Surge desde la introspección: desde mirar mis propias memorias, mis espacios y mis gestos, como si intentara estudiarme de manera arqueológica. Me habitan emociones vinculadas a la memoria familiar, al entorno doméstico, a lo íntimo y también a lo estructural; a aquello que se construye, se habita y eventualmente se transforma o se abandona.

Tu trabajo dialoga con la materia —tierra, fuego, forma—. ¿Qué encuentras en esos procesos que no podrías decir con palabras?

Busco trabajar desde lo simbólico que cada material o medio puede ofrecer, explorando sus cualidades físicas y las asociaciones que cargan. Me interesa cómo estas propiedades pueden transformar la experiencia del espectador y generar un diálogo entre lo tangible y lo conceptual.

En la materia encuentro un tipo de conocimiento o reconocimiento que no puedo traducir del todo a palabras. Ahí surge un lenguaje que no es necesariamente verbal, sino físico y simbólico, donde el gesto, el tiempo y el contacto directo con la materia permiten comprender desde otro lugar. Crear desde estos materiales se convierte en una forma de pensar desde el hacer, donde el peso, la resistencia y la transformación construyen sentido y abren nuevas posibilidades.

¿Cómo defines el cuerpo dentro de tu práctica artística? ¿Es territorio, archivo, resistencia, transformación…?

El cuerpo dentro de mi práctica es territorio, pero también archivo. Es un espacio donde se inscriben memorias, experiencias y estructuras que me atraviesan, muchas veces de forma silenciosa. A veces aparece de manera directa, y otras se manifiesta desde su rastro: en la huella, en el gesto, en la relación con los materiales, como un autorretrato sin cuerpo.

Me interesa entenderlo como un lugar en constante construcción, atravesado por lo íntimo, lo social y lo material. Un cuerpo que no es fijo, sino que se transforma, se adapta y resiste; donde conviven la vulnerabilidad y la fuerza. En ese sentido, el cuerpo no solo habita la obra, sino que también la produce, la sostiene y la tensiona.

¿Qué significa para ti crear desde Puerto Rico y cómo se filtra ese contexto en tu obra?

Crear desde Puerto Rico implica partir de un contexto muy específico que atraviesa mi trabajo, aunque no siempre de manera literal. Ser mujer que trabaja la tridimensionalidad en Puerto Rico implica confrontar estructuras de poder heredadas del colonialismo y del patriarcado. Vengo de una familia de campo, donde la construcción ha sido central para la mayoría de los hombres de mi familia, y eso define profundamente mi relación con los materiales. Los sacos de cemento, las varillas, la tierra y los bloques no son solo recursos formales, sino portadores de memoria, historia e identidad.

También está presente la relación con los espacios que habitamos: lo doméstico, lo abandonado, lo público y lo privado, y cómo estos configuran nuestra experiencia del mundo. Mi relación con Puerto Rico es íntima y material; es punto de partida para pensar, el suelo donde construyo y resisto. Mi obra recoge tensiones entre permanencia y cambio, entre identidad y desplazamiento, desde una experiencia situada en lo cotidiano.

¿Qué te gustaría que alguien sienta —o cuestione— al encontrarse con tu trabajo?

Me interesa que quien se encuentre con mi trabajo pueda cuestionar las relaciones entre materia, cuerpo, memoria y territorio. Que algo le resulte cercano pero también extraño. No busco una lectura única, sino activar reflexiones y emociones que generen complicidad, incomodidad o conciencia sobre lo que habitamos, lo que construimos y lo que permanece o se transforma.