Marcos Montero es Director del Museo de Arte de Ponce y tuvimos la oportunidad de entrevistarlo para nuestro

MV: Después de 17 años dentro del Museo de Arte de Ponce, ¿qué significa asumir ahora su dirección desde una perspectiva completamente distinta: la de quien tiene que imaginar su próximo capítulo?

MM: Significa asumir una responsabilidad profundamente personal. Durante los pasados 17 años he conocido el Museo desde múltiples perspectivas y he sido testigo de su capacidad para transformar a quienes entran en contacto con él. Ahora me corresponde mirarlo no solo desde lo que ha sido, sino desde todo lo que puede llegar a ser. Eso exige honrar una historia extraordinaria sin quedar inmovilizados por ella; preservar aquello que hace único al Museo y, a la vez, atrevernos a formular nuevas preguntas. Imaginar su próximo capítulo supone escuchar, convocar voluntades y tomar decisiones que aseguren que esta institución continúe siendo relevante para Puerto Rico y para las generaciones futuras.

MV: El Museo atraviesa uno de los momentos más importantes de su historia. Más allá de reconstruir un edificio, ¿qué siente que hay que reconstruir, repensar o fortalecer en la experiencia del Museo?

MM: La reconstrucción del edificio es fundamental, pero nuestra aspiración tiene que ser mucho más amplia. Tenemos la oportunidad de repensar la relación del Museo con sus públicos: cómo recibimos a las personas, cómo presentamos la colección y cómo hacemos que cada visitante sienta que este patrimonio también le pertenece. Hay que fortalecer la accesibilidad, el vínculo con las comunidades y la capacidad del Museo para continuar generando conversaciones. No queremos simplemente reabrir las puertas de un edificio restaurado; queremos abrir un Museo renovado en su manera de escuchar, de relacionarse y de servir. La reconstrucción más importante será la de ese vínculo vivo entre la institución y su gente.

MV: ¿Qué espera que experimente una persona joven cuando visite el Museo de Arte de Ponce por primera vez?

MM: Espero que experimente asombro y curiosidad, pero también un sentido profundo de pertenencia. Que no vea el Museo como un lugar distante, reservado para quienes ya conocen de arte, sino como un espacio que también le habla y le pertenece. Quisiera que una persona joven pueda reconocerse en alguna obra, descubrir una historia que despierte su curiosidad o salir con nuevas preguntas sobre sí misma y sobre el mundo. Si logramos que esa primera visita se convierta en el inicio de una relación duradera con el arte y con el Museo, habremos cumplido una parte esencial de nuestra misión.

MV: Si pudiera definir el Museo de Arte de Ponce de los próximos diez años con tres palabras, ¿cuáles serían y por qué?

MM: Vivo, abierto y sostenible. Vivo, porque debe ser un espacio activo, capaz de generar encuentros, ideas y nuevas lecturas de su colección. Abierto, porque debe ser accesible, cercano y receptivo a las distintas comunidades a las que sirve. Y sostenible, porque su futuro requiere no solo solidez financiera, sino también una visión institucional responsable y capaz de perdurar. Estas tres palabras resumen el Museo que imagino: uno que protege su legado precisamente porque lo mantiene en diálogo constante con el presente.

MV: ¿Hay alguna obra de arte que haya marcado su vida o que tenga un significado especial para usted?

MM: Curiosamente, una obra que ha adquirido un significado especial para mí no es una de las más conocidas del Museo, sino una que quizá pocos conocen. Se trata de “La espera”, del artista cubano Cundo Bermúdez. La conocí sin saber realmente que la estaba conociendo: aparecía en la portada de la novela “La casa de la laguna”, de Rosario Ferré, que leí en la escuela superior. Recuerdo cuánto disfruté el libro y cuánto me cautivó la pintura de aquella portada, que era precisamente esta obra de Cundo. En ese momento desconocía que pertenecía a la colección del Museo de Arte de Ponce. Por eso, cuando llegué al Museo, fue una grata sorpresa encontrarla tan cerca de mí.

Con el tiempo fui descubriendo las conexiones que encerraba aquella portada. Rosario, hija de nuestro fundador, don Luis A. Ferré, también construyó su propio legado como escritora y mantuvo una relación activa con la institución, que llegó a presidir. En esa historia confluyen, de una manera muy especial, varios legados: el de don Luis y su visión de crear un museo para Puerto Rico; el de Rosario, desde la literatura y su servicio a la institución; el de Cundo Bermúdez, a través de su pintura; y el del propio Museo, que conserva y transmite esas aportaciones a nuevas generaciones.

Comprender ese entramado me permitió enlazar aspectos de mi vida que hasta entonces parecían transitar por caminos separados: la literatura, el arte, mi formación y, eventualmente, mi trayectoria profesional en el Museo. También me hizo pensar en cómo los legados de otras personas llegan hasta nosotros, a veces sin que lo sepamos, y terminan influyendo en nosotros, nuestras decisiones y el trabajo que nos corresponde continuar.

Hoy, “La espera” me recuerda que una obra de arte o una colección puede entrar en nuestras vidas por caminos inesperados, incluso antes de que conozcamos su procedencia o comprendamos plenamente el lugar que llegará a ocupar en nuestra propia historia. Me recuerda, además, que los legados no son algo estático: se reciben, se reinterpretan y se transmiten. De alguna manera, quienes hoy formamos parte del Museo somos también depositarios de esos legados y tenemos la responsabilidad de proyectarlos hacia el futuro.