Colaboración editorial

Por: DI. Luz Nereida Reyes, CODDI

Durante gran parte de la historia humana, tanto antes como después de la Revolución Industrial, las personas vivieron en contacto directo con la naturaleza, desarrollando una afinidad innata hacia ella. Ya en 1865, Frederick Law Olmsted destacaba cómo el paisaje podía ofrecer descanso, inspiración y revitalización para la mente y el cuerpo. Hoy, en un mundo cada vez más urbanizado y tecnológico, esta conexión cobra una relevancia aún mayor.

Según la EPA, pasamos cerca del 90 % de nuestro tiempo en espacios interiores. En este contexto, el diseño biofílico surge como una respuesta a la necesidad de reconectar con la naturaleza. Aunque el término fue popularizado por Erich Fromm como “amor por la vida”, Edward O. Wilson amplió el concepto al plantear que los seres humanos poseen una necesidad genética de vincularse con el entorno natural para vivir de manera saludable y plena.

El diseño biofílico busca integrar esta reconexión con la naturaleza en los espacios construidos, ya sean hogares, oficinas o ciudades enteras. Esto puede lograrse mediante el uso de materiales sostenibles, la incorporación de vegetación y luz natural, o la aplicación de patrones inspirados en la naturaleza, como formas orgánicas y texturas que evocan paisajes naturales.

No se trata únicamente de una cuestión estética, sino de crear entornos capaces de nutrir nuestro bienestar general.