Al llegar a San Miguel de Chapultepec, CDMX, las calles residenciales revelan sus misterios: árboles frondosos, pájaros interrumpiendo el silencio y una intimidad inesperada en la ciudad más grande del continente. Entre esos regalos se encuentra la última obra del maestro Luis Barragán.

Arquitecto autodidacta,Barragán deseaba que la arquitectura protegiera a sus habitantes de la angustia y ofreciera serenidad.En Casa Gilardi esto se cumple: cada espacio provoca una emoción —asombro, paz, contemplación— como si la casa respirara y nos invitara a respirar con ella.

A principios de mayo, cuando la ciudad alcanza un equilibrio perfecto de frescura y cielos despejados, visitamos la casa. Desde afuera parece una vivienda típica: un garaje de puertas de madera y una estructura de cemento. Lo que la distingue es su fachada magenta vibrante.

La Casa Gilardi fue construida entre 1976 y 1977, cuando Barragán llevaba casi una década retirado. Los publicistas Francisco “Pancho” Gilardi y Martín Luque buscaban una casa Barragán, difícil de encontrar. Su insistencia logró lo improbable: sacarlo del retiro a los ochenta años para crear una de sus últimas obras. Barragán aceptó con una sola condición: “Quiero que me dejen hacer las cosas que traigo en mi cabeza.”

Al tocar la puerta, el hijo de Martín Luque, Eduardo, quien vive allí con su mamá y su hijo, nos recibe con entusiasmo. Lo primero que llama la atención es un rayo de luz que baja por las escaleras de madera desde un tragaluz en el tercer piso. Al fondo, una pintura de Chucho Reyes Ferreira —gran amigo de Barragán e inspiración en la paleta de colores de la casa. Una gran bola de piedra sin pulir, del mismo material que los pisos, aporta una presencia meditativa. El silencio pacífico me hizo sentir serena.

En el lote estrecho (10×36 metros) crecía una jacaranda que Barragán exigió conservar. Por eso la casa se organiza en dos estructuras conectadas por un corredor- el altar de luz que abraza el patio central. El espacio de la piscina es casi irreal: un lugar donde las dimensiones parecen desvanecerse, junto al comedor que mira a la jacaranda mientras la luz cambia, como un pulso vivo.

Casa Gilardi no es solo arquitectura: es una experiencia sensorial que resume la visión más madura y poética de Luis Barragán, y un punto imprescindible para cualquier amante del diseño, la arquitectura moderna y la estética mexicana.