Tari Beroszi es una artista puertorriqueña cuya obra fotográfica se mueve entre la memoria, la percepción y la posibilidad de imaginar otras realidades. Su formación comenzó a los once años en la Escuela Central de Artes Visuales en Santurce, y continuó con estudios en Comunicación Visual en la Universidad de Puerto Rico, una maestría en Fotografía en Spéos Paris École de Photographie y una Maestría en Bellas Artes con concentración en fotografía en Savannah College of Art & Design.
Su trabajo ha sido exhibido en Puerto Rico, Estados Unidos, Francia, España, Brasil y República Dominicana. Ha recibido reconocimientos como la Beca Lexus para Artistas y el Pollock-Krasner Foundation Grant. Actualmente vive y trabaja en San Juan, donde también ejerce como profesora de arte.

Tu fotografía parece partir de un mundo interior antes que de una escena externa. ¿Cómo construyes esa narrativa visual en la que la imagen no solo documenta, sino que evoca memoria y percepción?
Las cosas, al igual que los lugares, cargan significados. Tienen la capacidad de transportarnos a otro espacio y tiempo. Cuando hago mis proyectos fotográficos me enfrento al reto de encontrar aquellos objetos que, al mirarlos, nos hacen sentir de la manera que he imaginado.
Los ubico y los combino de forma que cuestionen eso que conocemos como realidad. Que nos maravillen. El punto de partida siempre es desarrollar claramente un concepto: esa idea que quiero sugerir sin interpretaciones forzadas. Finalmente creo una escena que se acerca a la idea imaginada, y entonces la fotografío.
Aunque dirijo a quien mira mis piezas hacia una cierta dirección, estoy consciente de que mis narrativas visuales están abiertas a interpretaciones insospechadas. Eso es parte de la belleza del arte.
En Modo de Vida entendemos el diseño como una fuerza que influye en la manera en que habitamos, miramos y sentimos el mundo. ¿Qué lugar ocupa la fotografía como herramienta para diseñar experiencias sensibles y emocionales?
La fotografía es el arte visual más ligado a las emociones porque cada imagen fotográfica surge de nuestro entorno inmediato y de la luz que este emana. Surge de algo que fue, que existió y que nunca será igual, aunque lo volvamos a fotografiar.
Instante tras instante, todo es nuevo. Una conexión directa con el mundo queda plasmada en cada fotografía porque la cámara toma prestadas las formas, líneas, colores y texturas de lo que nos rodea. Tener una fotografía colgada en la pared es poseer un instante.
Tu obra invita a cuestionar los límites de la representación fotográfica, especialmente cuando se acerca a lo intuitivo, lo espiritual y lo fenomenológico. ¿Qué puede revelar una imagen cuando deja de intentar explicar la realidad y comienza a sugerir lo que no siempre podemos nombrar?
Cuando una fotografía no intenta imitar la realidad, vemos a través de ella el mundo interior de la persona que la hizo: sus decepciones, sus anhelos, lo que le intriga, preocupa y emociona.
En ese caso nos enfrentamos a fragmentos de posibles realidades que se nos han escapado. Una foto que no busca plasmar lo que vemos tal como lo vemos nos aporta una nueva dimensión que trae consigo esperanza. Es una especie de indicio de que otros mundos son posibles.